Meazza, el hijo de la guerra que se transformó en leyenda y estadio

Publicado el 25/05/2016

De chico vendía fruta y jugaba descalzo. Su padre murió en combate. Y jamás pudo ver lo que su hijo sería: un goleador imborrable.

El estadio es una mole imponente de ochenta metros de altura que parecen más. De afuera resulta una maravilla de la estética; al entrar, el asombro continúa. Quienes mucho lo visitan dicen que cuando está repleto es un teatro de multitudes. Se entiende: no es una casualidad que al Giuseppe Meazza también le digan La Scala del Calcio. Quienes caminan por la Via Piccolomini, en el barrio de San Siro, lo comprueban. Los vecinos, acostumbrados, lo viven con orgullosa naturalidad; los turistas se encantan a primera vista. "Benvenutti a Milano", dice -en las cercanías del gran escenario- un cartel de fondo blanco y letras negras. No es casual: el Meazza, de algún modo, es el corazón deportivo de la ciudad de la moda. Como si no pudiera ser de otro modo: el estadio también ofrece pura elegancia.

En el invierno europeo de 1980, este estadio que fue sede de dos Mundiales (el de 1934 y el de 1990, reformas mediante) fue rebautizado: Giuseppe Meazza se llama desde ese 3 de marzo de hace 36 años. Se trató de un tributo a una de las grandes glorias del fútbol de Italia, emblema del seleccionado bicampeón del mundo en los años treinta, con Vittorio Pozzo como entrenador y con Benito Mussolini como instigador del triunfo obligatorio. Meazza -además- tenía una particularidad de no tantos futbolistas: había jugado para los dos gigantes de Milán. Con recorridos distintos. En el Inter había sido lo que Julio César en el Imperio Romano: un emperador. Campeón de la Liga, de la Copa Italia, tres veces máximo anotador de la Serie A, capitán, emblema, catorce temporadas en dos ciclos. En el Milan apenas participó con destellos entre 1940 y 1942. "Por eso, los rossoneriprefieren decirle San Siro a su cancha...", cuentan en esta ciudad en la que vestirse de modo desprolijo parece un delito o un pecado capital

Eduardo Galeano -otro que se fue al cielo de Meazza, pero que dejó esas palabras que siguen latiendo- retrató alguna vez una sensación respecto de este estadio cuando se encuentra vacío: "En Milán, el fantasma de Giuseppe Meazza mete goles que hacen vibrar al estadio que lleva su nombre". También contó uno de sus goles más recordados. Sucedió en las semifinales del Mundial de 1938, ante el Brasil de leónidas. Le habían cometido penal a Silvio Piola, otro gigante del calcio. Y aconteció lo siguiente: "Meazza colocó la pelota en el punto de fusilamiento. Era el galán del cuadro. Petiso pintón enamorado, elegante artillero de penales, alzaba la cabeza evitando al arquero, como el matador de toros en el lance final. Y sus pies, flexibles y sabios como manos, jamás se equivocaban. Pero Walter, el guardameta brasileño, era un buen atajador de penales, y se tenía fe. Meazza tomó impulso, y en el preciso momento en que iba a asestar el golpe, se le cayó el pantalón. El público quedó estupefacto y el árbitro casi se tragó el pito. Pero Meazza, sin detenerse, atrapó el pantalón de un manotazo y venció al arquero desarmado por la risa. Ese fue el gol que lanzó a Italia a la final del campeonato". Era astuto hasta para levantarse los pantalones.

Se hizo desde el fondo de los fondos. Vivía en las afueras del barrio Porta Vittoria, entre los pobres. Porque él era uno más de ellos. El fútbol resultaba el recreo para las postergaciones. Allí, entre pibes más grandes, resplandecía. Su mamá Ersilia -que no quería que fuera futbolista- lo obligaba a salir a la calle descalzo para que no pudiera jugar. Peppino se escapaba igual a rasparse los pies. Su infancia nada tuvo de arbolitos de Navidad ni de regalos. Su padre murió en el Primera Guerra Mundial. Su madre vendía frutas en los mercados cercanos. El la ayudaba. Se despertaba con el sol y ofrecía su esfuerzo. Como recompensa reclamaba sólo un rato de fútbol. A los 17 años, esa pasión lo llevó a la Primera del Inter.

Pozzo lo conocía bien, en detalle. Sabía cuál era su comportamiento en las grandes citas. "Tenerlo en tu equipo significaba empezar un partido ganando por 1-0. Era el atacante nato por excelencia. Leía el juego, comprendía las situaciones, y hacía funcionar a la totalidad del ataque con una concepción del juego siempre basada en la técnica. Era distinto a todos en su época”. Así, desde la impronta de Meazza, Pozzo comenzó a edificar el equipo bicampeón de 1934 y 1938.

En el campo de juego provocaba con su talento desmesurado. Ante las acciones violentas, sonreía después del gol de la vendetta. "Era un artista", lo recordó La Gazzetta dello Sport, en una de las tantas notas a las que sus efemérides de mago obligan. "Yo también lo vi jugar a Pelé. Pero él no alcanzó nunca la elegancia de Meazza. Hacía cosas imposibles, en el suelo, o piruetas en el aire. Era capaz de sorprender incluso a los que ya lo conocían de cada partido", contó alguna vez Luigi Veronelli, intelectual italiano y admirador de Giuseppe. Como Maradona en su tiempo o como Messi ahora, obligaba a gastar adjetivos a los medios en nombre de elogiarlo.

Al talento también le agregaba picardía y alguna excentricidad, algún gesto circense, algún detalle divertido. Además del fútbol, le fascinaba el cine. En particular, un actor: el popularísimo Rodolfo Valentino. Quería parecerse a él. Y un día lo hizo: cuando falleció su admirado -el 23 de agosto de 1926, en Manhattan, Nueva York- Giuseppe lució un peinado con abundante gomina. "A lo Valentino", dijo. Fue su homenaje. Y Meazza, que ya tenía fama de latin lover, se sintió el rey de la pantalla grande por un rato.

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